Mientras Adan viola a Eva

febrero 10, 2014 12:00 am Deja tus comentarios
Ella, como de costumbre, opuso resistencia.
Él, como de costumbre, la golpeó cuidadosamente, hasta dejarla casi desvanecida.
Cuando la vio tirada, con su faldita roja enrollada hasta el triángulo blanco de la pantaleta, pensó con indecible ternura: “parece una amapola”. Se agachó entonces sobre ella y empezó a tironear hacia abajo, delicadamente, del elástico de su calzoncito. Ella hizo todavía un movimiento instintivo de defensa: colocó la palma de su manita derecha sobre su vagina. Él sonrió. Movió la cabeza, como un padre amoroso ante las traviesas gracias de su hija y, con sus manazas —bestiales frente a los deditos frágiles de ella—, la despojó de su última defensa.
Hacía un rato, antes de golpearla, le había dicho:
—Lo vi. Hace ocho días.
Ella lo miró con ojos de animal acosado.
—¿Qué? ¿Qué viste?
—El kótex. El kótex que escondiste tan mal debajo de la estufa.
Una expresión curiosa apareció entonces en la cara de ella. Para cualquier observador casual sería simplemente una expresión de miedo, de asco, de repulsión, de absoluto rechazo. Él, el cambio, acostumbrado a analizar sus reacciones como las de una rata en el laberinto, vio en ella toda una gama de emociones confusas: miedo, sí; repulsión, también; pero también un sentimiento de expectativa, de sumisión, de dulzura. Y, poderosamente reprimida por una voluntad de acero, pero inocultable a sus ojos entrenados, una indomable excitación y una desfalleciente ansia de entrega.

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