La piel de Curzio Malaparte

febrero 9, 2014 11:44 pm Deja tus comentarios
En estos últimos días, Mateo ha estado insoportable.
Ayer, sin ir más lejos, pateará a la ratona porque le da una palmadita en el hombro.
—¡No mames! —grita—. ¿Qué no ves que me corre la frialdad?
Ninguno lo entendió. El mismo Mateo no se entenderá. Y conste que casi todos han sido tocados por el ángel caliente del delirio. La ratona, por ejemplo, (de ahí su apodo) sabe lo que es luchar a brazo partido con una rata de su propia estatura. Y Tomás, el quince, el niño-anciano del grupo, que apenas irá por las pepsis, ya tuvo su primera experiencia con las alimañas: salen de todos los rincones y de todas las grietas: se arrastran, brincan, patalean, todas en una misma dirección, todas con una misma malévola expectativa. Finalmente, te rodean y empiezan a ascender por tus piernas. Algunas muerden, diminutas, lancinantes mordidas que parecerían inocuas de no ser porque por allí van a penetrar otras alimañas, que corriendo como topos microscópicos debajo de la piel, agujeran los músculos y convierten a la sangre en un albañal de pestilencias mefíticas. Otras pican: algunas con aguijón, otras con colmillos ofídicos, todas con veneno que forma pústulas sobre la piel, pústulas que después revientan en llagas de carne putrefacta. Pero eso es nada. Existen las especialistas del sexo, que penetran por el canal seminal y que van corroyendo por dentro, hasta dejar sólo un cascarón vacío, un pellejo arrugado, una obscenidad impotente. Y hay otras peores, las supremamente repugnantes, las especialistas de la lengua, y de los ojos y del cerebro, las que nunca han podido cumplir su innombrable misión porque nunca han podido llegar a la cabeza, porque permitirles hacerlo sería aceptar una muerte insufrible, porque cuando llegan al pecho el helado pavor que te inmoviliza se convierte en un chillido espantoso y a manotazos las aplastas, por encima de tu piel, por debajo de tu ropa, y sin dejar de gritar luchas por tu vida, demoliéndolas, convirtiéndolas en una pulpa asquerosa y maloliente, pero inofensiva, hasta que esta pulpa, como una cataplasma, va infundiendo en todos tus músculos, en tu piel, en tus huesos, en tu cuerpo todo, una insensibilidad bienvenida, una soñolencia malsana pero irresistible, que te hace perder el sentido para despertar después a la cruda realidad de que has sufrido un ataque de delirium tremens.

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