In Cauda Venenum

febrero 9, 2014 11:49 pm Deja tus comentarios
Que esto quede bien claro: a mí ya todo me importa una pura chingada. Si escribo esta historia no es para justificarme ante nadie. Se me acusa de un crimen repulsivo que no cometí y mientras espero el juicio de la ley y de la sociedad, deseo reconstruir, paso a paso, los acontecimientos que nos llevaron a ese espantoso (y, para ellos, conveniente) final. Si a veces hablo de mí en tercera persona, es porque me avergüenzo de la pasión y de la estupidez que me cegaron desde que nos conocimos. No busco compasión ni consuelo. Mi reivindicación o mi infamia serán consumadas sin que pueda yo intervenir. Alea jacta est. La suerte está echada…

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Las cosas sucedieron más o menos como en Bob y Carol y Ted y Alice (esa famosa película en que dos matrimonios intercambian parejas). Sólo que lo nuestro fue en blanco y negro y sin pantalla panorámica. Con esto no quiero decir que nos faltara… colorido. Carol, por ejemplo, (voy a usar los nombres de la película, para mayor comodidad), tenía unos hermosísimos ojos verdes, tan claros, que a la luz del sol parecían amarillos y que en nuestros momentos de más apasionada intensidad se oscurecieron con tonos de terciopelo aceitunado. Alice se teñía de rubio y era corpulenta y sensual, como atleta nórdica. Y Bob y Ted parecían estar en perpetua competencia de apostura y encanto, aunque Ted afirmaba padecer un mal cardíaco. No. Si hablo de blanco y negro es porque la muerte enlutó nuestras relaciones y enmarcó de horror una aventura que de otra forma pudo resultar deliciosa.

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