El solar de los ciruelos

febrero 9, 2014 10:37 pm Deja tus comentarios
Yo no sé nada de ella, ni siquiera la conozco, aunque tengo la seguridad de que existe.
Yo la he visto (¿En sueños? ¿En un viaje? ¿En mi imaginación?), pasear su dolorosa belleza de ojos deslavados y piel de cera (maculada aquí y allá por algún barrito de mala digestión o por un fuegazo de temperamento nocturno), por barrios oscuros y mugrosos, en reuniones decadentes y en pueblos polvosos y atrasados cuyo común denominador es el sol que se hace trizas contra las piedras ovoides. Yo la he visto fumar marihuana en Tepito, aspirar coca en la Polanco y masticar peyote y hongos en Tepoztlán. La he visto entregarse a la promiscuidad en la comuna y negarse al amor fuera de ella, aduciendo razones progresistas, pero en el fondo espantada y como pudorosa de esa suprema abdicación femenina. Yo la he visto en la postura de loto, intensamente fascinada por una piedra que en el estupor de los alucinógenos es cordillera dentada, animal mitológico o nebulosa estelar. Yo la he visto obedecer como autómata las voces imperativas de su mente hiperestesiada, voces que se levantan exigiéndole perfección absoluta al mágico conjuro del ácido lisérgico. Yo la he visto yacer, astrosa y derrotada, entre sábanas impregnadas de su sudor nocturno, día tras día, sin ánimo de levantarse ni siquiera para comer, con los ojos abstraídos en el techo de solera y su mente divagando en el sueño de la razón que (como se sabe) engendra monstruos. Yo la he visto tratando de unir los fragmentos de su personalidad, como quien trata de pegar con cola loca una destrozada figurita de porcelana.
No puedo dejar de pensar en ella.

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