De Pelos

Febrero 10, 2014 12:24 am Deja tus comentarios
DEL CAPÍTULO 1:
LA VENIDA.
Vinieron a Mexicnaco de los nopales un domingo de hace siete días, siete semanas, siete meses, siete años, siete sexenios, siete centurias o siete milenios. Ventura no lo sabe y comprende que a estas alturas eso ya no tiene la menor importancia. Recuerda, sí, (mientras lo que queda de la familia, recoge de rodillas, con sendas cucharas, en vasos y platos, una materia negra como el chapopote, con consistencia de mierda y olor a carne asada), que fue un domingo siete. Domingo, porque estaban de visita los compadres, y siete, porque es un número bonito, que a ella le gusta mucho y que la hace pensar en las siete maravillas del mundo antiguo, en los siete días de la semana, en los siete pecados capitales, en las siete plagas bíblicas, en los siete hermanos con sus siete novias jolibudenses, en los siete días que suele durarle la regla y en los siete jinetes del Apocalipsis. Aunque de los jinetes no está segura. Se le hace que eran cuatro nada más. Le pesa la cabeza, le cuesta trabajo pensar, como si tuviera sesos de plomo.
Había sido un buen día aquel, a pesar de que no fueron a ningún lado. Por la mañana, mientras ella y Félix dormían con el sueño pesado del post coito, los niños vieron un programa de concursos con Chavolelo en el doce. Al terminar el programa, subieron a la recámara de sus padres y empezaron a aporrear la puerta al unísono:
—¡Tenemos hambre! —Gritó Victoria.
—¡Quiero mi cocol! —Gritó Gabriel.
—¡Quello mollete con natash! —Gritó Miguelito.
—¿Qué dijo? —Preguntó Félix, despertándose.
—No les hagas caso, —contestó Ventura mientras bostezaba como queriendo presumir las incrustaciones—. Les voy a dar café con leche y tortas de frijoles.
Hacia las once, mientras esperaban a los compadres, él con una buena dotación de cerveza y ella con una excelente reserva de chismes, empezaron todos a ver una película rusa en el veintiuno. Y entonces, de pronto, sin previo aviso, como un asalto en el metro, se inició el horror: Maxi Mepelas, cronista urbana del noticiero matutino, apareció intempestivamente en la pantalla y guiñándole el ojo a la familia, informó:
—Interrumpimos esta película para dar una noticia verdaderamente devastadora: Carlos Flores Vargas, el escritor peripatético del centro histórico ha perdido la razón.
Vióse entonces la figura estrambótica del literato ofreciendo sus libros en la plaza de las Lindas Artes, mientras la voz de Maxi Mepelas continuaba en off:
—… En efecto, el querido, admirado, guapo, simpático, atractivo, inteligente y talentosísimo autor de varios libros inmortales, ha dado en la alarmante manía de advertir a quienes le hacen el favor de escucharlo que ya vienen los pelos. Interrogado cautamente por esta periodista no ha podido ocultar su desequilibrio.
—Así es —dijo Carlos Flores Vargas mirando directamente a la cámara con un rictus de angustia—. Ya vienen los pelos y van a levantar ámpula.
Maxi Mepelas, desconcertada por la mezcla insólita de metáforas, pero con los ojos húmedos de lástima, preguntó:
—¿A qué pelos se refiere, maestro?
Y Carlos Flores, desesperado:
—¡Los pelos! ¡Los pelos!… ¿Qué más quiere que le diga? ¡No sé de dónde son! ¡No sé para qué vienen! ¡No me pregunte más, se lo pido por dios!
DEL CAPÍTULO 3:
ENSANGRENTANDO EL PALO.
De pronto, Félix se vio envuelto en una de tantas marchas que suelen estrangular un día sí y otro también a la ciudad. Vio a la urbe ponerse morada a punto de la asfixia y la escuchó pedir auxilio en el lenguaje metropolitano: a gritos de sirenas de patrullas y ambulancias. En efecto, una multitud de estos vehículos llegaban apresuradamente al crucero, emitiendo alaridos, como una señora gorda a quien le hubieran metido mano en el metro.
Desde su ventajosa posición, Félix pudo ver con toda claridad la escena: de un lado, un nutrido grupo de jóvenes que protestaban por la muerte del estudiante. Del otro, las fuerzas del orden, armadas hasta los dientes y prontas al ejercicio violento de su autoridad. De un lado, las consignas gritadas a voz en cuello: ¡Ruperto, Ruperto, que nos entreguen tu cuerpo! ¡Vicente, Vicente, te pasaste de valiente!, y del otro, el silencio ominoso de los granaderos, formados como soldaditos de plomo, escudo y macana en ristre. La marcha llegó a la altura de 15 de mayo y se detuvo a unos cuantos pasos de los jenízaros, sin dejar de gritar consignas: ¡Pantaleón, Pantaleón, te portaste como un león! ¡Cipriano, Cipriano, bien que les picaste el ano! Extrañado, Félix no pudo evitar preguntarle a uno de los marchistas:
—¿Pues cómo se llamaba el estudiante?
Y el muchacho, simpatiquísimo, aunque le faltaba el ojo derecho, contestó entusiasmado, con la festiva sonrisa de los mártires que ignoran su destino:
—No sabemos. Por eso le inventamos nombres.
Y gritó de inmediato: ¡Gilberto, Gilberto, tu ausencia nos deja tuertos!
Fue entonces cuando el capitán Corona de la Rosa, mejor conocido como el jefe de los acólitos del demonio, gritó a través de un altoparlante portátil:
—¡Muchachos! ¡Esta marcha no está autorizada! ¡Tengan la amabilidad de disolverse!
Y algún bromista, entre la multitud:
—¡En cuanto empiece la lluvia!
Un estudiante de filosofía, fácilmente identificable por su suéter de cuello de tortuga y su barba enmarañada, hizo a voz en cuello esta reflexión, cuya profundidad sólo podrá ser entendida por algún enfermo mental:
—¡Ni que fuéramos taxis!
DEL CAPÍTULO 5:
ENSANGRENTANDO EL OJO.
Pero lo que llegó fue algo bastante más común: un perro. En efecto, Toby, el enorme san bernardo amante de Nurikia, estaba encadenado a un aro de hierro empotrado en la pared de la basílica. Sobre el aro, un enorme letrero invitaba: Si trae perro, amárrelo aquí. Si no, no. El rijoso y noble animal observaba, con la baba caída, la interminable riada de personas que penetraban al atrio. De vez en cuando se rascaba la oreja con expresión de perplejidad. Una dama madura, cuyas facciones denotaban su virgen soltería, lo miraba con lástima. Otra, gorda y salaz, se mordía el labio inferior, mientras le acariciaba los belfos. La primera le dijo a la segunda:
—Habría que demandar a Nurikia por violación.
Y la segunda:
—Primero habría que averiguar la edad del perro.
Cerca de ahí, la dueña del animal se encontraba rodeada de curiosos y periodistas. Fiel a su estilo, se había dejado un larguísimo bigote a la manera de Fumanchado, cuyas puntas, engominadas y con moño, le llegaban hasta los pezones. Llevaba una playera blanca con letras negras, en las cuales se leía: Dios es amor y el hombre es lujuria. Y abajo, en letras tan pequeñas que sólo podrían leerse pegando la nariz al generoso pecho de la artista: yo prefiero al hombre. Para hacerse la chistosa, tiraba de las comisuras de sus ojos con los índices y hablaba con acento chino:
—Aquí, de tulista. Nomás milando.
—No, no, —intervino Alejandro Vilbaboso, conocido cariñosamente en el medio como El mango, por su amarillismo maravilloso—, dinos la verdad, Nurikia. ¿Qué te hizo venir a este sagrado recinto?
La eximia artista (algún repugnante gacetillero escribió: “la ex simia artista”), entornando los ojos al cielo y con innegable fervor religioso, contestó:
—Me enteré temprano, en el noticiario de mi amiga, Gabriela Descalza, que la virgen estaba de parto y…
—¡Híjole! ¿De parto? —Preguntó Alex Vilbaboso, asombrado, mientras un temblor de placer recorría a los periodistas.
Nurikia, con expresión de deleite, comprendió de pronto:
—Eso es nota ¿verdad? —Y después, palmoteando feliz—: ¡Les acabo de dar nota!
—Pero… ¿Por qué dices que está de parto? —Preguntó otro periodista.
—Bueno… —dudó la hermosa encueratriz— Gabriela Descalza dijo algo de “desagravio” y yo pensé: ¡Ah!, estuvo grávida en secreto y ahora le van a quitar la gravidez. —Y se conmovió hasta las lágrimas— ¡Va a ser madre!
Alejandro Vilbaboso sentía la necesidad de aclarar el equívoco, pero algo muy íntimo, como la imperiosa necesidad de no reírse, (que experimentaban también los demás periodistas), le impedía pronunciar palabra. Y cuando estaba a punto de hacerlo vio que las facciones de Nurikia se descomponían en una expresión de cólera. La bellísima rumbera miraba hacia Toby, mientras sus ojos de jade arrojaban verdes rayos de disgusto.
—¡Ah, no! ¡Eso sí que no! —Exclamó.
Siguieron los circunstantes la mirada de la artista y vieron a Cristiano Castrado, el famoso cantante pop, conocido cariñosamente en los medios como El congruente, por hacer honor a su apellido, amarrando a su perra, cariñosamente bautizada como Valeria, porque todo le valía madre, a otro anillo de hierro, junto a Toby. Los nobles y rijosos animales se miraban también, con una expresión que, por pudor, prefiero no definir, pero que Nurikia concretó admirablemente, en un rapto de ira, mientras taconeaba sobre los santos adoquines.
—¡Esa perra quiere que le llenen el tanque!

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