Con M de mierda

febrero 9, 2014 11:59 pm Deja tus comentarios
Antes de pulsar el timbre, Porfirio hizo un minucioso examen de su persona: el traje, verdoso, pero todavía presentable; los zapatos, viejos, pero bien boleados; la camisa, raída, pero planchada; la corbata, el trapo menos horroroso que pudo hallar en su guardarropa. Pensó en su cara y en su cabello y supo que a la segunda copa, su cuidadoso peinado se desgajaría en crenchas lacias sobre sus orejas y que a la tercera, afloraría a su cara su temperamento sanguíneo. ¡Si pudiera chiquitear una sola cuba! ¡Qué esperanza!
Hizo de tripas corazón y apretó el timbre. Abrió Magda. Porfirio vio cómo desaparecía de sus ojos la brillantez de una bienvenida para dar paso a la opacidad de un velado reproche.
—Ah, eres tú…
Y le dio la espalda, dejando la puerta abierta. ¿Era una invitación? Se apresuró a entrar mientras veía las rotundas caderas de su hermana balancearse dentro de su ceñida falda a rayas. Recordó al compadre Melquíades: “Con una hermana así, el incesto es recomendable”. El alcohol, padre de todas las degeneraciones, se lo había hecho creer así algunas veces.
Ahora, mientras cruzaba en pos de Magda la amplia estancia vivamente iluminada, mientras escuchaba un yerk ensordecedor a cuyos desacordes parejas semi beodas se balanceaban simiescamente, mientras olfateaba el aire indefinible de fiesta muy animada, (perfume, chicle, sudor y alcohol), vio la escalera al fondo.

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