Descalabros.

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DESCALABRO es, según la definición del diccionario WordReference: contratiempo, infortunio, daño.

DESCALABRO es, según mi ENCICLOPEDITA DEL ABSURDO: acontecimiento que produce chipote con sangre, sea chico o sea grande.

 No hay ser humano que se libre de los descalabros.

He aquí los míos:

DESCALABRO No.  1:    Nací.

DESCALABRO No.  2:   Crecí.

DESCALABRO No. 3: Descubrí que necesitaba escribir.

DESCALABRO No.  4:   Escribí, a los 17 años, mi primera novela: Basural de pasiones.

DESCALABRO No.  5:    Reñí con Bartolomé Costa-Amic, el editor que iba a publicarla, por pequeñas desavenencias:  me quiso ver la cara de pendejo. Y aunque la tengo, no me dejé. Nunca la publicó.

DESCALABRO No.  6:    Me casé.

DESCALABRO No.  7:   Fue tan placentero, que empezaron a llegar los hijos.

DESCALABRO No.  8:    Comprendí que era la literatura o era la familia y no dudé ni un segundo: elegí la literatura. Si: elegí la literatura para echarla a la papelera de reciclaje y me dediqué a la familia.

DESCALABRO No.  9:    Después del largo descalabro de una feliz vida familiar, llena de los pequeños descalabros usuales, descubrí de pronto que necesitaba volver a escribir.

DESCALABRO No. 10:  Cerca ya de los cuarenta años, empecé a escribir cuentos porque ¡ingenuo de mí!, creía que sería más fácil que escribir novelas, y quería primero afilar el lápiz.

DESCALABRO No. 11:  Descubrí que es más difícil escribir cuentos que escribir novelas. Y en cuanto a afilar el lápiz, mi mujer sabe de eso más que yo.

DESCALABRO No. 12:  Descubrí que era yo un pésimo cuentista. Y peor aún: que los amigos y familiares que habían leído mis cuentos, opinaban exactamente lo contrario.

DESCALABRO No. 13:  Llevado de mi congénita terquedad y decidido a demostrar urbi et orbi que tenía la razón y que mis cuentos eran pura basura, envié cinco textos a cinco destacados periodistas, pidiéndoles una opinión.

DESCALABRO No. 14:  Recibí tres opiniones. Es decir: tres descalabros. Uno de ellos fue devastador: el licenciado Jacobo Zabludovsky se entusiasmó con mis cuentos, me citó en sus oficinas de Televisa, me dijo que era yo un gran cuentista y me envió a la Editorial Diana con su recomendación personal.

DESCALABRO No. 15:  Cedí a la editorial, durante cinco años, mis derechos de autor de un libro que se llamaría Cuentos de sexo y que contenía 12 cuentos geniales de ¿qué creen ustedes?: ¡De sexo! Aunque parezca imposible.

DESCALABRO No. 16:  Entusiasmado por tantos descalabros, me atreví a concursar, y, entre 1984 y 1989, gané el premio internacional de cuento Max Aub, que otorga el gobierno de España y el premio latinoamericano de cuento de la Casa de Cultura de Puebla. Concursé también en el Juan Rulfo y me fui hasta el cuarto lugar. Descalabros, descalabros.

 

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DESCALABRO No. 17:  En 1989 se venció mi contrato con Diana y la empresa no había hecho ni un libro. Increíble, ¿verdad? ¡Cualquiera diría que estamos en México! Peor aún: me pedían que los esperara cinco años más para la primera edición… Y eso sí me calentó. ¿Cinco años más?, pensé. ¿Pues de qué está hecha mi vida, sino de tiempo? ¿De qué me quieren ver la cara? La verdad, me dio miedo contestarme esta última pregunta.

DESCALABRO No. 18:  En aquella época y hasta la fecha me he distinguido por mi estupidez. Llevé mi contrato a la Dirección de Derechos de Autor y solicité que demandaran a Diana por incumplimiento. Casi se ríen de mí. El contrato, me explicaron, estaba más lleno de agujeros que un queso gruyere.

DESCALABRO No. 19:  No entendí. Yo no veía los agujeros por ningún lado. Pedí una aclaración y me explicaron: por cada cláusula donde Diana se compromete a hacer algo, hay otra cláusula que les da la salida legal para no cumplir.

DESCALABRO No. 20:  Me sentí descalabrado. Y sin merthiolate y vendas a la mano.

DESCALABRO No. 21:  Pero dispuesto a morder. Armado de mis premios, de mi cólera, de mi soberbia, me fui a la Feria Metropolitana del Libro, que se ponía cada año en el pasaje Zócalo-Pino Suárez, me instalé a un ladito del stand de Diana, y me declaré en huelga de hambre. Sí, sí, sí. Leíste bien: EN HUELGA DE HAMBRE.

DESCALABRO No. 22:  Y les armé un escandalazo, que para qué te cuento…

 

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DESCALABRO No. 23:    Pero la empresa, emperrada, decía que no había bases legales para mi protesta y que, en consecuencia, me iban a dejar morir de hambre.

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DESCALABRO No. 24:  … En lo cual no les iba a dar gusto. Sería un descalabro definitivo. Así que puse a trabajar mis dos neuronas y decidí subirles la apuesta con una estrategia incendiaria:

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DESCALABRO No. 25:  Sí, sí, sí, leíste bien. Amenacé con amputarme un miembro de mi organismo y comérmelo guisado a la mexicana. Y mientras, para ensayar, me comía las uñas. También me tronaba los dedos, preguntándome qué me iba a amputar y qué me iba a comer, cuando llegó un periodista a informarme: se están formando brigadas de estudiantes de filosofía para ir a quemar las instalaciones de Diana. ¿Usted qué opina? Y yo, muy serio: soy pacifista: desautorizo toda manifestación violenta. Y otro periodista: ¿Qué miembro se va a cortar? Y yo, encabronado: ¡Pues no sé! ¡Ni modo que el miembro! Y otro periodista: Bueno, pero ¿cuánta carne va a ser? ¿Medio kilo? ¿Un kilo? Y yo, sonriendo ya: ¡cuánto interés tienen en la libra de carne!

 

DESCALABRO No. 26:  Y se puso de pelos. Vinieron periodistas de Europa, de Estados Unidos, de América Latina, que porque nunca se había visto algo así… Vino un representante de la Fundación Max Aub y dijo que traía el apoyo moral de la Corona Española para mí… Fueron a mi huelga de hambre Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Óscar de la Borbolla, Hugo Argüelles y otros escritores… Intervinieron Gobernación, Sogem, Conaculta, el Inba…

 

DESCALABRO No. 27:  En esas circunstancias, a Diana no le quedó más remedio que doblar las manitas

 

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DESCALABRO No. 28: Con eso les gané. Y Diana quedó permanentemente descalabrada.

 

DESCALABRO No. 29:  Pero no se incurre en esas audacias, sin pagar por ello: a partir de entonces, ninguna editorial en México me recibe mis obras. Por grillo, ¿no? Según la prensa, estoy vetado, soy el apestado de las editoriales, estoy en la lista negra por haberme puesto a los cabezazos con yucatecos…

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DESCALABRO No. 30:  Me pasé diez años dándome cabezazos, si no contra los yucatecos, sí contra las puertas de las editoriales, hasta que una periodista amiga mía me dijo que estaba yo haciendo el ridículo, que en México nadie me iba a publicar porque estoy vetado. Se dio el lujo de recordar el caso paradigmático del marido cornudo, que es el último en enterarse.

DESCALABRO No. 31:  No podía creerlo. Pero mientras buscaba, como el marido cornudo, la evidencia de mi deshonra, (¡qué trágico me vi!, ¿Verdad?) seguí buscando la manera de capturar la albóndiga con la pluma. (Para que vean que también se manejar el lenguaje poético).

DESCALABRO No. 32: Y entonces vino otro potente descalabro: me contraté como guionistas en la Editorial Ejea y me puse a escribir obras inmortales para revistas como: Una historia, una vida; Sensacional de mercados, Sensacional de traileros, Sensacional de vacaciones… Y lo máximo: los primeros cuarenta números de Sábanas mojadas, excelsa revista pornográfica con dibujitos deliciosamente obscenos. Fue un éxito tan grande, que llevó a la empresa a la quiebra.

DESCALABRO No. 33:  Engolosinado con el descalabro de cobrar bien por escribir, pasé a Novedades y me convertí en el guionista casi único (¡oh, manes del priísta que todos llevamos dentro!) de la conocidísima revista El libro sentimental. Durante casi cinco años hice correr ríos de lágrimas entre las encantadoras señoras gordas habituadas a esas lecturas clásicas.

DESCALABRO No. 34:  Pero no hay descalabro que dure cien años ni guionista que lo sobreviva: desapareció Novedades, el periódico, y las revistas fueron vendidas a otros inversionistas que las empezaron a trabajar en el Estado de México y que me pidieron, de rodillas, que siguiera escribiéndolas. Yo sufrí otro ataque de estupidez (¡Ay, tan comunes en mí!), y me negué a hacerlo.

DESCALABRO No. 35:  Y es que estaba muy ocupado. En uno más de mis característicos descalabros, se me ocurrió producir una obra de teatro: El loco amor, viene… de Jorge Ibargüengoitia. Empecé como productor, tuve después que dirigir por ausencia del encargado, y terminé actuando también en el papel de El gigante, por abandono súbito del actor.

DESCALABRO No. 36: Y mientras trataba de ganarme la inmortalidad teatral por mis muchos méritos, me ocurrió el peor descalabro que he sufrido hasta la fecha:

DESCALABRO No. 37:  Después de diez años tocando puertas de editoriales que nunca se abrieron… Ignacio Trejo Fuentes, en un gracioso artículo publicado en el Uno más uno, afirma que estoy en la lista negra, por haberme puesto a los cabezazos con yucatecos, y me aconseja publicar mis cuentos espléndidos, aunque sea en ediciones patito. Me pareció ver el cielo abierto. Pensé: “Yo puedo hacer ediciones patito”. Y así nació el famoso sello editorial

 

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DESCALABRO No. 38:  Y me puse a imprimir la primera edición de Estela… y la sangre. Me dio la ventolera de que mi libro se vendería en librerías, de que sería admirado, de que me haría famoso e inmortal como siempre lo he merecido…

DESCALABRO No. 39:  Hice mil ejemplares más sobrantes de Estela… y la sangre y quise distribuirlos en librerías. Intenté en Gandhi, en El sótano, en Porrúa, en Sanborn´s (¡con lo gordos que me caen!)… ¡hasta en Gigante! En ningún lado me los aceptaron. Y platicando con una periodista amiga mía, me dijo que era lógico: las grandes editoriales tienen convenios con las librerías: pueden vetar lo que se les hinche la gana. Y se les hinchó la gana vetarme…

DESCALABRO No. 40:  No sabía qué hacer. Hasta que asistí a la Feria Internacional del Libro en el Palacio de Minería, en 2004. Al salir, vi la Plaza Tolsá pululando de gente y, en un relámpago de intuición, vi ante mí un posible camino: fui a mi casa, tomé cinco libros (siempre he sido optimista), regresé a la plaza y me puse a ofrecerlos a los posibles lectores… ¡Eureka! ¡Milagro! En el curso de la tarde, ¡vendí los cinco!

DESCALABRO No. 41:  Regresé todos los días hasta que se acabó la feria. Y como ya me había picado, me pregunté dónde podría seguir vendiendo libros. La respuesta vino en otro relámpago de intuición (siempre he sido un intuitivo relámpago): el corazón cultural de México: Coyoacán.

DESCALABRO No. 42:  Y aquí termina la historia. He vendido en Coyoacán, en San Ángel, en la Zona Rosa… Actualmente estoy vendiendo en Madero, en Gante, en la Plaza de Bellas Artes… Me he convertido en la pesadilla de policías que tratan de retirarme de la vía pública y a los que amenazo con demandarlos en el Tribunal de lo Contencioso por abuso de autoridad… soy el moscón terco que aborda a las parejas en las bancas o en las jardineras de los paseos, soy el bulto estorboso de los meseros en las mesas al aire libre…

DESCALABRO No. 43:  ¡Soy el patito feo de la literatura mexicana!… El escritor apestado… El escritor autófago… El señor palabra… El lobo estepario de las letras mexicanas… (Que todos esos motes me han puesto, ¡a mí, que nunca se me pegó un sobrenombre!).

DESCALABRO No. 44:  Soy el descalabrado de la vida…

 

Sui géneris

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