Aforismos

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 Aforismos

 

 

CONTENIDO:

1)               De mis aforismos
2)               De dios
3)               De la humanidad
4)               Del hombre
5)               Del matrimonio
6)               Del sexo
7)               De la religión
8)               De la literatura
9)               De los ricos
10)            De la filantropía
11)            De la mujer

 

1.- De mis aforismos

 

El tuiter obliga al aforismo. La modernidad recargándose en la antigüedad.

No hay malas palabras. Hay intelectos pendejos.

Creerse todo lo que digo es como creer en la Biblia. Y hay allí cada babosada…

Me preguntó una lectora: ¿Para usted no hay nada sagrado? Yo le contesté: No hay nada sagrado, punto.

Depositar fe en el clero, es más tonto que depositar fe en mis aforismos.

 

2.- De dios

 

Escribir dios con mayúscula es falta de ortografía.

Dios es la muleta de los descerebrados.

Si dios fuera tan poderoso no se escondería tras las faldas de los sacerdotes.

Dios dijo: hágase la luz. Y se hizo la mierda.

Dios creó el universo como quien avienta la piedra y esconde la mano.

Dios creo al universo en medio de una borrachera y se fue a dormir la mona. Todavía no despierta.

Y dios vio que la creación era buena. Y para equilibrar, creó a la humanidad.

De puro aburrido, dios se voló la tapa de los sesos con un BIG BANG.

En el nombre de dios: guerras, genocidios, torturas, abusos sexuales, enriquecimiento ilícito, fanatismo, corrupción y el cardenal Norberto Rivera Carrera.

En el nombre de dios, sus representantes hacen negocios más jugosos que las naranjas.

Si le pides algo a dios y no te lo concede, pásate al ateísmo. A lo mejor le metes miedo.

Sólo hay tres dioses verdaderos: el padre, el hijo y el América. Y ya.

Si dios existe, ¡qué sustazo me voy a llevar!

 

3.- De la humanidad

 

Lo peor que hay en el mundo, son los hombres y las mujeres. (Enrique Jardiel Poncela)

Si la humanidad se extinguiera, el universo exhalaría un suspiro de alivio.

Si la humanidad se extinguiera, el universo ni se enteraría. Un parásito menos…

La humanidad es como un gran cerebro. Sólo que todas sus neuronas son mongoloides.

Cuando el hombre y la mujer se dicen “te amo”, se están timando.

Detrás de un gran hombre, hay una gran mujer. Detrás de una gran mujer, un montón de machos resentidos.

Todos somos dignos de lástima. Sobre todo los ricos, que tienen más que perder.

Lo más parecido a la felicidad es una conciencia tranquila. Por eso todos somos tan infelices.

Si quieres que la humanidad haga algo, prohíbeselo.

La humanidad no está hecha para la felicidad, sino para la fornicación. Y ni así es feliz.

Si quieres crear un monstruo cómico, ponle uniforme a cualquier pendejete ignorante.

Homero, Shakespeare, Víctor Hugo, Dostoyevsky, García Márquez, Carlos Flores Vargas… rastros, sueños, presentimientos…

 

4.- Del hombre

 

Todos los hombres somos impotentes, hasta que llega una mujer y nos lo quita. (Gabriel García Márquez)

Grítale: ¡No seas vieja! Y escalará montañas.

Lo único más grande que el ego de un hombre es… es… es… ¡no me acuerdo! Pero ya llegará.

El hombre es el lobo de la mujer, pero en lujurioso.

Dice el hombre: poseí a esta mujer. Pero, ¿quién posee a quién? ¿el que está aprisionado o la que lo aprisiona?

El hombre ahorrativo es siempre fiel: piensa constantemente en la leche de la chata.

Que no te intimide la mujer alta. En decúbito supino, en decúbito prono, de rodillas y a gatas, es otra la medida que importa.

Hay hombres que embisten como rinocerontes, para ocultar que tienen el cuerno guango.

Cuando un hombre le dice a otro: vamos a ver de a cómo nos toca, no está pensando en una coperacha.

 

5.- Del matrimonio

 

El matrimonio es como el demonio: tiene cuernos y huele a azufre.

El matrimonio es el estado perfecto de la mujer. Es una relación sadomasoquista y a ella le encantan esas cosas.

Al principio del matrimonio los celos son un delicado condimento, más adelante se convierten en  un chile muy picoso y terminan haciéndonos vomitar. Hasta el postre.

Si sientes que algo raro te pica en la costilla, contrata un detective privado.

Si te toca una media naranja ácida, tírala a la basura.

El idioma universal del matrimonio son los gritos.

Si llevas una madrastra a casa, para bellum internecinum.               

El mayor drama del casado es tener que mantener a una vieja que ni siquiera es de su familia.

 

6.- Del sexo

 

Si el sexo no existiera, sería preciso inventarlo. Puesto que ya existe, es preciso gozarlo.

Putos, maricones, mayates, empuja-mierdas, salta-pa-tras, soplanucas… ¡Uníos! La unión hace la fuerza.

A fin de cuentas, todo es cuestión de acoplarse. Lo demás, como dice la biblia, nos será dado por añadidura.

No entiendo la insatisfacción sexual de la humanidad. Todos tenemos el sexo al alcance de la mano.

El hombre verdadero, si reencarnara en mujer, reencarnaría en lesbiana.

La mujer verdadera, si reencarnara en hombre, reencarnaría en puto.

Los bisexuales piensan que los que no son como ellos, se pierden la mitad de la diversión.

Dice mi mujer: que cada quien haga de su cola un papalote, mientras no se metan con la mía.

Si te propone una relación sadomasoquista, desconfía: ella es la sádica.

Quien bien te quiere, te hará llorar. Quien bien te coge, te hará reír.

Si quieres poseer a un hombre, entrégale tu vagina. Si quieres poseer a una mujer, entrégale tu dinero.

Las niñas, al crecer, cambian la muñeca por los hijos. Los niños, al crecer, cambiamos el yoyo por otros yoyos. ¡Somos tan infantiles!

Lo que los novios llaman amor es en realidad su calentura de pollo.

Con la vagina y el ano tan próximos, cualquiera se confunde.

A las niñas les crecen los pechos. A los niños, les crece la verga.

Lo mejor que le puede pasar a un hombre, es coger con una ninfómana. Lo peor, casarse con ella.

Las lesbianas son la sal de la tierra: la esterilizan.

El amor de los jóvenes no está en el corazón, sino en los ojos, dice Shakespeare. Yo digo que está en los genitales.

La felación y el cunnilingus hacen irrelevante el mal aliento.

El 68 fue espantoso. El 69 es exquisito.

 

7.- De la religión

 

Las iglesias son el facebook del pueblo.

Los curas son el niño que pone el coco y después quiere que los demás  le tengan miedo.

Si es cierto lo del camello y la aguja, el cardenal Norberto Rivera Carrera se va a ir al infierno.

La religión católica es el ancla del progreso, la mordaza de la sabiduría, las anteojeras de la objetividad. Recuérdese a Giordano Bruno.

Los sacerdotes usan falda porque es más fácil subírsela que bajarse los pantalones.

Hay monjas mañosísimas: como esposas de dios, regocijan su espíritu. Y como queridas de los sacerdotes le dan vuelo a la hilacha.

Hacer profesión de fe católica es un asqueroso acto contra natura. Es decir, contra los genitales.

Cuenta tus bendiciones. Tus maldiciones son incontables.

 

8.- De la literatura

 

“El buen escritor tiene un detector de mierda incorporado”. Ernest Hemingway.

Es de esperarse que el buen escritor sólo detecte la mierda literaria.

Si no fuera por la literatura, me estaría yendo bien.

La literatura es un vicio infame, pero insuperable.

La gente cree que es bueno, para la literatura, que el literato pase hambre.

Dice Silvia, mi mujer, que si escribiera a lápiz, usaría más la goma que la punta.

Las palabras, esas pálidas sombras de la idea, pueden ser tan hermosas y tan subyugantes que superen a la idea misma.

El escritor que escribe pensando en la fama y el dinero, no es un escritor, es un despistado.

El escritor que escribe pensando en la reacción del lector, no es un escritor, es un pendejo.

Los momentos de inspiración e ingenio son tan escasos, que algunos escritores nunca los encuentran.

El buen escritor sabe que las mayúsculas son un estorbo. Y los buscadores de internet le dan la razón. Jaque mate.

El gran escritor quiere alcanzar la perfección a través de un instrumento imperfecto: el lenguaje… ¡Qué tonto soy!

Es signo de sabiduría, en el gran escritor, que sólo haga caso a las críticas benévolas. Y no mucho, hasta eso.

La literatura permite al lector entrar a la mente de los genios… cuando lee a los genios. Es decir, cuando me lee…

“Cuando escucho la palabra cultura, saco la pistola”, dijo Göring. Y así le fue, por chistosito.

Si, como decía Goebbels, una mentira repetida se convierte en verdad, ensayemos: soy un gran escritor, soy un gran escritor, soy…

Para decirlo a la manera bíblica: “No ofrezcáis vuestros libros a los cerdos, porque no saben leer y los podrían masticar”.

El mundo feliz de Huxley, es un horror. Pero es más feliz que nuestro mundo infeliz.

Un escritor que teme a las palabras, es como un carpintero que le tiene miedo a los clavos.

He cumplido 68 años. En cuarenta o cincuenta más alcanzaré la madurez. Debo ir preparando mi eternidad.

García Márquez es más querido y será mejor recordado que los dos Papas dizque santos.

Cervantes, el inmortal, recibió con un abrazo a García Márquez.

Capote decía: soy homosexual, soy drogadicto, soy un genio. Yo sólo puedo decir lo último.

Al verdadero artista, la academia le estorba.

Las picardías son la sal de la literatura. Si te pasas, salas la sopa.

Hay cuatro maneras de escribir: la de los clásicos, la de los buenos, la de los malos y la mía, que es la mejor de todas.

A palabras necias, oídos sordos. A críticas desfavorables, oídos de artillero.

Ante la crítica constructiva, da las gracias. Ante la objetiva, sé humilde. Ante la destructiva, mienta la madre.

 

9.- De los ricos

 

No importa cómo entraste en posesión de tu fortuna. Eres un parásito.

Si le das la mano a un rico, lávatela con lejía.

Y mi hermana Lourdes contribuyó: Y si él te la da, ten cuidado… ¡No sea que te regrese sólo el muñón!

Y para abundar: Después de darle la mano a un rico, cuéntate los dedos.

Y aún más: Después de besar a una rica, cuéntate los dientes.

Todo enriquecimiento es, por definición, ilícito.

El dinero es el culpable de todos los males: íncubo y súcubo a la vez

Cree el rico que tiene más que perder. ¡Iluso! Lo único que se pierde es la vida. Y eso, todos…

Si no hubiera pobres, los ricos se morirían de hambre. Son Caníbales.

Donde hay riqueza, hay despojo. (Javier Sicilia)

 

10.- De la filantropía 

 

La filantropía es repugnante: produce desprecio en quien la ejerce y resentimiento en quien la sufre.

El filántropo se roba el pan, y reparte migajas. Y se cree bueno. Y espera gratitud.

 

11.- De la mujer

(Ya sé, ya se… no faltará quien me reclame que haya dejado al último a la mujer. Pero no hice más que lo que el creador, que también la dejó al último. Sus motivos tendría) 

 

Recuerda: más vale pájaro en mano que en vagina ajena.

Bonitas y feas, altas y bajas, gordas y flacas… todas sangran por la herida.

La mano que te inspira un poema, también te puede agitar la erección. Y es mejor.

Me han acusado, pero me vale. Desprecio a las soplonas.

Las pantaletas son el último reducto. ¡Y qué batallas! ¡A sangre y fuego!

El ideal de la mujer es la Barbie. Su realidad… prefieren no verla.

Si una mujer derrota a un hombre, ella gana. Si un hombre derrota a la mujer, los dos ganan. ¡Son invencibles, las canijas!

En el terreno sexual, la mujer hace, de la necesidad, virtud.

La mujer más hermosa del mundo no puede dar más de lo que tiene. Y el hombre se conforma.

Los caminos de la mujer son más misteriosos que los de dios.

Si una mujer, horrorizada, se cubre la cara con las manos, es porque sabe que las tiene bonitas.

Si un hombre llora, es porque sufre. Si una mujer llora es, con frecuencia, para presumir los ojos.

Todas, hasta la criada, son reinas. Y si les hablas de María Antonieta, se tapan los oídos.

No te engañes: si te empieza a hablar del espíritu, terminará pidiéndote para una blusa nueva.

La mujer es el lobo del hombre, pero en bonito.

Si haces reír a una mujer, la predispones para al orgasmo. Y si no, también.

Cuando una mujer dice que no, es que sí, y cuando dice que sí, es que no. También cuando dicen que sí es que sí y cuando dicen que no es que no. Así que lo mejor es no hacerles caso.

No hay mujer que, frente a frente con su destino inmediato, se haga de la boca chiquita.

Dice la mujer: me tiré a este hombre. Pero es ella la que quedó de espaldas en la lona.

La mujer perfecta no existe. Pero todas se lo creen.

Todas las mujeres usan máscara. Pero La reata se pasa.

Ante una mujer francamente fea, el hombre caballeroso exclama: ¡qué rara belleza!

El último refugio de la mujer fea es la religión.

La mujer paga, frecuentemente, con cuerpomático. Y después se siente acreedora.

Mujer: si has de decir sí, dilo con calentura. Si has de decir no, dilo con una bofetada.

Las mujeres siempre están de mírame y no me toques hasta que gritan: ¡Tócame toda, aunque no me mires! Extremistas que son.

Las leyes, dicen, son para violarlas. Las mujeres, digo yo, son para seducirlas.

Si le prohíbes algo a una mujer, lo hará. Y si no, también. ¡Son tan mañosas!

El peor hándicap de las mujeres es su feminidad. Y eso no tiene remedio.

Toda mujer que se respete está convencida de que su orina es potable.

Las mujeres y las vampiras prefieren una víctima masculina. Así pueden chupar con popote.

Si ves a una cucaracha, písala en el suelo. Si ves a una mujer, písala en la cama.

 

 

 

 

De Pelos

DEL CAPÍTULO 1:
LA VENIDA.
Vinieron a Mexicnaco de los nopales un domingo de hace siete días, siete semanas, siete meses, siete años, siete sexenios, siete centurias o siete milenios. Ventura no lo sabe y comprende que a estas alturas eso ya no tiene la menor importancia. Recuerda, sí, (mientras lo que queda de la familia, recoge de rodillas, con sendas cucharas, en vasos y platos, una materia negra como el chapopote, con consistencia de mierda y olor a carne asada), que fue un domingo siete. Domingo, porque estaban de visita los compadres, y siete, porque es un número bonito, que a ella le gusta mucho y que la hace pensar en las siete maravillas del mundo antiguo, en los siete días de la semana, en los siete pecados capitales, en las siete plagas bíblicas, en los siete hermanos con sus siete novias jolibudenses, en los siete días que suele durarle la regla y en los siete jinetes del Apocalipsis. Aunque de los jinetes no está segura. Se le hace que eran cuatro nada más. Le pesa la cabeza, le cuesta trabajo pensar, como si tuviera sesos de plomo.
Había sido un buen día aquel, a pesar de que no fueron a ningún lado. Por la mañana, mientras ella y Félix dormían con el sueño pesado del post coito, los niños vieron un programa de concursos con Chavolelo en el doce. Al terminar el programa, subieron a la recámara de sus padres y empezaron a aporrear la puerta al unísono:
—¡Tenemos hambre! —Gritó Victoria.
—¡Quiero mi cocol! —Gritó Gabriel.
—¡Quello mollete con natash! —Gritó Miguelito.
—¿Qué dijo? —Preguntó Félix, despertándose.
—No les hagas caso, —contestó Ventura mientras bostezaba como queriendo presumir las incrustaciones—. Les voy a dar café con leche y tortas de frijoles.
Hacia las once, mientras esperaban a los compadres, él con una buena dotación de cerveza y ella con una excelente reserva de chismes, empezaron todos a ver una película rusa en el veintiuno. Y entonces, de pronto, sin previo aviso, como un asalto en el metro, se inició el horror: Maxi Mepelas, cronista urbana del noticiero matutino, apareció intempestivamente en la pantalla y guiñándole el ojo a la familia, informó:
—Interrumpimos esta película para dar una noticia verdaderamente devastadora: Carlos Flores Vargas, el escritor peripatético del centro histórico ha perdido la razón.
Vióse entonces la figura estrambótica del literato ofreciendo sus libros en la plaza de las Lindas Artes, mientras la voz de Maxi Mepelas continuaba en off:
—… En efecto, el querido, admirado, guapo, simpático, atractivo, inteligente y talentosísimo autor de varios libros inmortales, ha dado en la alarmante manía de advertir a quienes le hacen el favor de escucharlo que ya vienen los pelos. Interrogado cautamente por esta periodista no ha podido ocultar su desequilibrio.
—Así es —dijo Carlos Flores Vargas mirando directamente a la cámara con un rictus de angustia—. Ya vienen los pelos y van a levantar ámpula.
Maxi Mepelas, desconcertada por la mezcla insólita de metáforas, pero con los ojos húmedos de lástima, preguntó:
—¿A qué pelos se refiere, maestro?
Y Carlos Flores, desesperado:
—¡Los pelos! ¡Los pelos!… ¿Qué más quiere que le diga? ¡No sé de dónde son! ¡No sé para qué vienen! ¡No me pregunte más, se lo pido por dios!
DEL CAPÍTULO 3:
ENSANGRENTANDO EL PALO.
De pronto, Félix se vio envuelto en una de tantas marchas que suelen estrangular un día sí y otro también a la ciudad. Vio a la urbe ponerse morada a punto de la asfixia y la escuchó pedir auxilio en el lenguaje metropolitano: a gritos de sirenas de patrullas y ambulancias. En efecto, una multitud de estos vehículos llegaban apresuradamente al crucero, emitiendo alaridos, como una señora gorda a quien le hubieran metido mano en el metro.
Desde su ventajosa posición, Félix pudo ver con toda claridad la escena: de un lado, un nutrido grupo de jóvenes que protestaban por la muerte del estudiante. Del otro, las fuerzas del orden, armadas hasta los dientes y prontas al ejercicio violento de su autoridad. De un lado, las consignas gritadas a voz en cuello: ¡Ruperto, Ruperto, que nos entreguen tu cuerpo! ¡Vicente, Vicente, te pasaste de valiente!, y del otro, el silencio ominoso de los granaderos, formados como soldaditos de plomo, escudo y macana en ristre. La marcha llegó a la altura de 15 de mayo y se detuvo a unos cuantos pasos de los jenízaros, sin dejar de gritar consignas: ¡Pantaleón, Pantaleón, te portaste como un león! ¡Cipriano, Cipriano, bien que les picaste el ano! Extrañado, Félix no pudo evitar preguntarle a uno de los marchistas:
—¿Pues cómo se llamaba el estudiante?
Y el muchacho, simpatiquísimo, aunque le faltaba el ojo derecho, contestó entusiasmado, con la festiva sonrisa de los mártires que ignoran su destino:
—No sabemos. Por eso le inventamos nombres.
Y gritó de inmediato: ¡Gilberto, Gilberto, tu ausencia nos deja tuertos!
Fue entonces cuando el capitán Corona de la Rosa, mejor conocido como el jefe de los acólitos del demonio, gritó a través de un altoparlante portátil:
—¡Muchachos! ¡Esta marcha no está autorizada! ¡Tengan la amabilidad de disolverse!
Y algún bromista, entre la multitud:
—¡En cuanto empiece la lluvia!
Un estudiante de filosofía, fácilmente identificable por su suéter de cuello de tortuga y su barba enmarañada, hizo a voz en cuello esta reflexión, cuya profundidad sólo podrá ser entendida por algún enfermo mental:
—¡Ni que fuéramos taxis!
DEL CAPÍTULO 5:
ENSANGRENTANDO EL OJO.
Pero lo que llegó fue algo bastante más común: un perro. En efecto, Toby, el enorme san bernardo amante de Nurikia, estaba encadenado a un aro de hierro empotrado en la pared de la basílica. Sobre el aro, un enorme letrero invitaba: Si trae perro, amárrelo aquí. Si no, no. El rijoso y noble animal observaba, con la baba caída, la interminable riada de personas que penetraban al atrio. De vez en cuando se rascaba la oreja con expresión de perplejidad. Una dama madura, cuyas facciones denotaban su virgen soltería, lo miraba con lástima. Otra, gorda y salaz, se mordía el labio inferior, mientras le acariciaba los belfos. La primera le dijo a la segunda:
—Habría que demandar a Nurikia por violación.
Y la segunda:
—Primero habría que averiguar la edad del perro.
Cerca de ahí, la dueña del animal se encontraba rodeada de curiosos y periodistas. Fiel a su estilo, se había dejado un larguísimo bigote a la manera de Fumanchado, cuyas puntas, engominadas y con moño, le llegaban hasta los pezones. Llevaba una playera blanca con letras negras, en las cuales se leía: Dios es amor y el hombre es lujuria. Y abajo, en letras tan pequeñas que sólo podrían leerse pegando la nariz al generoso pecho de la artista: yo prefiero al hombre. Para hacerse la chistosa, tiraba de las comisuras de sus ojos con los índices y hablaba con acento chino:
—Aquí, de tulista. Nomás milando.
—No, no, —intervino Alejandro Vilbaboso, conocido cariñosamente en el medio como El mango, por su amarillismo maravilloso—, dinos la verdad, Nurikia. ¿Qué te hizo venir a este sagrado recinto?
La eximia artista (algún repugnante gacetillero escribió: “la ex simia artista”), entornando los ojos al cielo y con innegable fervor religioso, contestó:
—Me enteré temprano, en el noticiario de mi amiga, Gabriela Descalza, que la virgen estaba de parto y…
—¡Híjole! ¿De parto? —Preguntó Alex Vilbaboso, asombrado, mientras un temblor de placer recorría a los periodistas.
Nurikia, con expresión de deleite, comprendió de pronto:
—Eso es nota ¿verdad? —Y después, palmoteando feliz—: ¡Les acabo de dar nota!
—Pero… ¿Por qué dices que está de parto? —Preguntó otro periodista.
—Bueno… —dudó la hermosa encueratriz— Gabriela Descalza dijo algo de “desagravio” y yo pensé: ¡Ah!, estuvo grávida en secreto y ahora le van a quitar la gravidez. —Y se conmovió hasta las lágrimas— ¡Va a ser madre!
Alejandro Vilbaboso sentía la necesidad de aclarar el equívoco, pero algo muy íntimo, como la imperiosa necesidad de no reírse, (que experimentaban también los demás periodistas), le impedía pronunciar palabra. Y cuando estaba a punto de hacerlo vio que las facciones de Nurikia se descomponían en una expresión de cólera. La bellísima rumbera miraba hacia Toby, mientras sus ojos de jade arrojaban verdes rayos de disgusto.
—¡Ah, no! ¡Eso sí que no! —Exclamó.
Siguieron los circunstantes la mirada de la artista y vieron a Cristiano Castrado, el famoso cantante pop, conocido cariñosamente en los medios como El congruente, por hacer honor a su apellido, amarrando a su perra, cariñosamente bautizada como Valeria, porque todo le valía madre, a otro anillo de hierro, junto a Toby. Los nobles y rijosos animales se miraban también, con una expresión que, por pudor, prefiero no definir, pero que Nurikia concretó admirablemente, en un rapto de ira, mientras taconeaba sobre los santos adoquines.
—¡Esa perra quiere que le llenen el tanque!

Los cerdos no sudan

PRIMER ACTO.

Cabaña de alquiler a la orilla del mar. Primer término, derecha, pequeño mueble de cantina. Segundo término, puerta de salida practicable. Primer término, al centro, muebles de sala con mesa de centro. Al foro, escalera para subir a las recámaras, que son dos, ambas con puerta practicable. Primero y segundo términos, izquierda, ventana y puerta practicables al mar. Al foro, de lado izquierdo de la escalera, puerta practicable de la cocina y de lado derecho puerta del baño. Frente a la puerta de la cocina, pequeño ante comedor redondo. Los muebles deben ser cómodos y frescos, contemporáneos e impersonales.
Al levantarse el telón, en escena, ALICIA y TEODORO. Ella es una mujer alta, corpulenta, rubia y sensual como atleta nórdica. Tiene 30 años. Viste un traje de algodón ligero, sin mangas. Está acostada, con la cabeza apoyada en el brazo del sillón y las piernas al aire. Juguetea aburrida con un abanico y después, a ratos, se abanica con desgana. TEODORO es un hombre de 35 años, elegante y apuesto, vestido informalmente. Está sentado en el sillón y finge leer un periódico.

ALICIA: ¡Qué calor hace!
TEODORO: (Distraído) Si.
ALICIA: (Después de una pausa bien marcada) ¡Tengo un calor!
TEODORO: Aha……
ALICIA: (Después de otra pausa bien marcada, molesta, con ganas de pleito) ¡Este calor…! (Teodoro levanta la vista del periódico y la mira con cautela) Estoy sudando como una cerda.
TEODORO: Los cerdos no sudan. Por eso necesitan revolcarse en el lodo.
ALICIA: (Lo mira largamente. Estalla en una carcajada. Se pone mimosa) Pero yo no quiero eso, Teodoro.
TEODORO: ¿Qué? ¿Revolcarte en el lodo?
ALICIA: (Seria. Con intención) Eso.
TEODORO: (Aventando el periódico) ¡Otra vez la burra al trigo! ¿No lo discutimos ya? ¿No acordamos como personas adultas…?
ALICIA: Tú.
TEODORO: Inteligentes…
ALICIA: Tú!
TEODORO: Y liberadas…
ALICIA: ¡Tú!
TEODORO: (Con un suspiro) ¿Yo qué?
ALICIA: Tú lo decidiste. Y es amargo.
TEODORO: ¿Qué es amargo?
ALICIA: (Juguetona) El vinagre.
TEODORO: (Enfadado) ¡Alicia!
ALICIA: ¡Ay, tú! Era una broma. Ni aguantas nada. Pero de todos modos, creo que está mal que hayas tomado una decisión así. Es una confesión de… fracaso.
TEODORO: ¿Fracaso? ¿Por qué? Hay miles de parejas que lo hacen.
ALICIA: Fracasadas.
TEODORO: Liberadas. Además, el compromiso está hecho.
ALICIA: Trato hecho, jamás deshecho.
TEODORO: ¿Qué?
ALICIA: Nada. Es algo que solía decir de niña. ¿Quieres un jaibolito?
TEODORO: Oquei. Hace calor.
ALICIA: (Llamando fuerte) ¡Hipólita!
TEODORO: ¡No llames! Mejor los preparo yo. Capaz y esa nativa no sabe hacerlos.
ALICIA: (En voz baja) No hables así.
HIPÓLITA: (Entrando desde la cocina. Es joven, morena y guapa) ¿Llamó, señora?
ALICIA: Ya no, Hipólita, gracias. (Sale Hipólita)
TEODORO: ¿Por qué no habría de hablar así? Qué casualidad que forma parte del alquiler. Se me hace que la tienen aquí de espía, por si nos robamos algo.
ALICIA: (Recapacitando) Oye, de veras, ¿por cuánto tiempo alquilaste esto?
TEODORO: Un mes nada más.
ALICIA: ¿Nada más? ¿Pues cuánto querías? A ver si no resulta que la famosa Carolina es inaguantable y el dichoso Roberto un esperpento.
TEODORO: Ya te dije que no. Cuando cené con ellos me parecieron una pareja muy decente y…
ALICIA: Si fueran decentes no se prestarían para esta tarugada.
TEODORO: (Le tiende su vaso. Se arma de paciencia) Alicia… Te voy a pedir un favor.
ALICIA: (Muy seria) Dígame.
TEODORO: No adoptes esa actitud… Total, mira, si él no te gusta, me haces una seña… (Lo piensa) ¡Ya sé! Después de saludarlo, si no te gusta, te sientas en un sillón y así yo sabré a qué atenerme. Le damos largas al asunto, dejamos pasar el tiempo y terminamos esto como una simples vacaciones inocentes.

CUARTO ACTO.

Inmediatamente después. Al levantarse el telón, todos permanecen en la misma postura en que estaban al terminar el tercer acto. Mr. Ludlow, palidísimo, mira su camisa, en la cual aparece una creciente mancha de sangre, a la altura de los intestinos.

HIPÓLITA: (Consternada) Mister… Mister… ¡Está usted herido!
(Todos tratan de acercarse a ayudarlo entre exclamaciones de pesar ad lib. “permítame”, “disculpe usted”, “debemos…”, pero mister Ludlow no lo permite. Se lleva una mano a la herida y con la otra apunta nuevamente a los demás)
MR. LUDLOW: ¡Get back! ¡Get back! ¡Don’t touch me!
(Todos retroceden mientras mister Ludlow avanza paso a paso, enarbolando el arma y haciéndoles señas de que se reúnan frente a la cantina)
MR. LUDLOW: ¡Dam it! Why… you…? Get back, over there.
TEODORO: (Pronunciando espantosamente) Plis, mister, let mi jelp yu, ay am…
MR. LUDLOW: ¡I don’t care who the hell you are! Leave me alone… I need some air…
(Mr. Ludlow se limpia el sudor de la frente con el dorso de la mano, se desabrocha un par de botones de la camisa y se deja caer en el sillón, sin dejar de apuntar el arma)
HIPÓLITA: Por favor, mister… permítame…
MR. LUDLOW: ¡Shut up! Let me think… (Se mira la mano ensangrentada) Is there a phone here?
HIPÓLITA: (Distraída y llorosa) ¿Qué?
ROBERTO: Quiere un teléfono.
HIPÓLITA: (A mister Ludlow) Ya sabe que aquí no hay, señor. Está el de la casa. Si quiere usted…
MR. LUDLOW: ¡No! I don’t want any of you to leave this place.
(Hay una pausa, durante la cual se escucha la respiración trabajosa de mister Ludlow y se le ve sudar copiosamente. Mientras)
CAROLINA: (En voz baja, a Hipólita) ¿No habla español?
HIPÓLITA: (El mismo juego) Mejor que yo. Pero desde la invasión… como que… se le está olvidando…
TEODORO: (En voz alta, a mister Ludlow) Señor, permítame. Yo soy médico y puedo…
MR. LUDLOW: ¡I told you! ¡I don’t care what the hell you are! You’ll put your hands on me over my dead body. (Con odio y desprecio) ¡Grease!
TEODORO: (Rencoroso) So be it. (Se cruza de brazos)
ALICIA: (En voz baja) ¿Qué dijeron?
HIPÓLITA: (El mismo juego) Mister Ludlow dijo que primero se muere, antes de permitir que don Teodoro le ponga la mano encima.
ROBERTO: (El mismo juego) Y después lo ofendió.
TEODORO: Nos ofendió. Esa expresión la usan todos los imperialistas que desprecian a los nativos. A todos los nativos.
CAROLINA: (El mismo juego) ¿Pero qué…?
MR. LUDLOW: ¡Keep quiet! I need to think, can’t you see that? I’m bleeding to death and you, bunch of…

Celos

Es curioso: su último recuerdo de ella no está fijado en sus ojos verdes deslavados, amplios y brillantes como una perspectiva tepozteca. Tampoco en su cabello pajizo que, con un poco más de desvergüenza, habría sido descaradamente rubio. Ni siquiera en su figura juvenil, casi pornográfica de tan espiritual. No. Su último recuerdo de ella es el taconeo ¿angustioso, colérico? definitivamente apresurado, que le seguía a corta distancia por las calles empinadas, pedregosas y oscuras de Tepoztlán. Ese paso menudo, extrañamente enérgico, que era quizás una llamada, una pregunta, una oferta amistosa, ese paso que él no quiso escuchar en su momentáneo desequilibrio, es, será ya para siempre, su último recuerdo de ella.
El autobús arranca con un ronroneo de gato bien educado y él aprieta la palanca para reclinar el asiento. Acostado casi, se relaja con los ojos abiertos, dispuesto a pensar en ella durante los próximos setenta minutos. Su lugar es el tres, así que tendrá una visión panorámica de la carretera. Mientras el camión da tumbos sobre los baches de la terminal, recuerda:
Cuando llegaron a Tepoztlán, se había levantado de inmediato, dispuesto a bajar antes que nadie. Aún se volvió para dedicarles una sonrisa forzada y un “buenas noches” farfullado que seguramente no entendieron. ¿Le había parecido ver una mirada de extrañeza en sus ojos? No está seguro. Ni siquiera está seguro de haberla mirado. Sabe con certeza que la escuchó decir a su espalda, con cierta apuración:
—Aquí me bajo.
Pero ¿había apuración? Los tres sabían que su acompañante seguiría hasta Yautepec y que ella bajaba en Tepoztlán. ¿Por qué entonces esa expresión superflua, absolutamente superflua? ¿Fue una forma de despedida? ¿Un mensaje cifrado que significaba “espéreme”? No lo quiso pensar. No lo pensó. Se bajó del autobús con una rapidez que equivalía a la huída.

Mientras Adan viola a Eva

Ella, como de costumbre, opuso resistencia.
Él, como de costumbre, la golpeó cuidadosamente, hasta dejarla casi desvanecida.
Cuando la vio tirada, con su faldita roja enrollada hasta el triángulo blanco de la pantaleta, pensó con indecible ternura: “parece una amapola”. Se agachó entonces sobre ella y empezó a tironear hacia abajo, delicadamente, del elástico de su calzoncito. Ella hizo todavía un movimiento instintivo de defensa: colocó la palma de su manita derecha sobre su vagina. Él sonrió. Movió la cabeza, como un padre amoroso ante las traviesas gracias de su hija y, con sus manazas —bestiales frente a los deditos frágiles de ella—, la despojó de su última defensa.
Hacía un rato, antes de golpearla, le había dicho:
—Lo vi. Hace ocho días.
Ella lo miró con ojos de animal acosado.
—¿Qué? ¿Qué viste?
—El kótex. El kótex que escondiste tan mal debajo de la estufa.
Una expresión curiosa apareció entonces en la cara de ella. Para cualquier observador casual sería simplemente una expresión de miedo, de asco, de repulsión, de absoluto rechazo. Él, el cambio, acostumbrado a analizar sus reacciones como las de una rata en el laberinto, vio en ella toda una gama de emociones confusas: miedo, sí; repulsión, también; pero también un sentimiento de expectativa, de sumisión, de dulzura. Y, poderosamente reprimida por una voluntad de acero, pero inocultable a sus ojos entrenados, una indomable excitación y una desfalleciente ansia de entrega.

Con M de mierda

Antes de pulsar el timbre, Porfirio hizo un minucioso examen de su persona: el traje, verdoso, pero todavía presentable; los zapatos, viejos, pero bien boleados; la camisa, raída, pero planchada; la corbata, el trapo menos horroroso que pudo hallar en su guardarropa. Pensó en su cara y en su cabello y supo que a la segunda copa, su cuidadoso peinado se desgajaría en crenchas lacias sobre sus orejas y que a la tercera, afloraría a su cara su temperamento sanguíneo. ¡Si pudiera chiquitear una sola cuba! ¡Qué esperanza!
Hizo de tripas corazón y apretó el timbre. Abrió Magda. Porfirio vio cómo desaparecía de sus ojos la brillantez de una bienvenida para dar paso a la opacidad de un velado reproche.
—Ah, eres tú…
Y le dio la espalda, dejando la puerta abierta. ¿Era una invitación? Se apresuró a entrar mientras veía las rotundas caderas de su hermana balancearse dentro de su ceñida falda a rayas. Recordó al compadre Melquíades: “Con una hermana así, el incesto es recomendable”. El alcohol, padre de todas las degeneraciones, se lo había hecho creer así algunas veces.
Ahora, mientras cruzaba en pos de Magda la amplia estancia vivamente iluminada, mientras escuchaba un yerk ensordecedor a cuyos desacordes parejas semi beodas se balanceaban simiescamente, mientras olfateaba el aire indefinible de fiesta muy animada, (perfume, chicle, sudor y alcohol), vio la escalera al fondo.

In Cauda Venenum

Que esto quede bien claro: a mí ya todo me importa una pura chingada. Si escribo esta historia no es para justificarme ante nadie. Se me acusa de un crimen repulsivo que no cometí y mientras espero el juicio de la ley y de la sociedad, deseo reconstruir, paso a paso, los acontecimientos que nos llevaron a ese espantoso (y, para ellos, conveniente) final. Si a veces hablo de mí en tercera persona, es porque me avergüenzo de la pasión y de la estupidez que me cegaron desde que nos conocimos. No busco compasión ni consuelo. Mi reivindicación o mi infamia serán consumadas sin que pueda yo intervenir. Alea jacta est. La suerte está echada…

***

Las cosas sucedieron más o menos como en Bob y Carol y Ted y Alice (esa famosa película en que dos matrimonios intercambian parejas). Sólo que lo nuestro fue en blanco y negro y sin pantalla panorámica. Con esto no quiero decir que nos faltara… colorido. Carol, por ejemplo, (voy a usar los nombres de la película, para mayor comodidad), tenía unos hermosísimos ojos verdes, tan claros, que a la luz del sol parecían amarillos y que en nuestros momentos de más apasionada intensidad se oscurecieron con tonos de terciopelo aceitunado. Alice se teñía de rubio y era corpulenta y sensual, como atleta nórdica. Y Bob y Ted parecían estar en perpetua competencia de apostura y encanto, aunque Ted afirmaba padecer un mal cardíaco. No. Si hablo de blanco y negro es porque la muerte enlutó nuestras relaciones y enmarcó de horror una aventura que de otra forma pudo resultar deliciosa.

La piel de Curzio Malaparte

En estos últimos días, Mateo ha estado insoportable.
Ayer, sin ir más lejos, pateará a la ratona porque le da una palmadita en el hombro.
—¡No mames! —grita—. ¿Qué no ves que me corre la frialdad?
Ninguno lo entendió. El mismo Mateo no se entenderá. Y conste que casi todos han sido tocados por el ángel caliente del delirio. La ratona, por ejemplo, (de ahí su apodo) sabe lo que es luchar a brazo partido con una rata de su propia estatura. Y Tomás, el quince, el niño-anciano del grupo, que apenas irá por las pepsis, ya tuvo su primera experiencia con las alimañas: salen de todos los rincones y de todas las grietas: se arrastran, brincan, patalean, todas en una misma dirección, todas con una misma malévola expectativa. Finalmente, te rodean y empiezan a ascender por tus piernas. Algunas muerden, diminutas, lancinantes mordidas que parecerían inocuas de no ser porque por allí van a penetrar otras alimañas, que corriendo como topos microscópicos debajo de la piel, agujeran los músculos y convierten a la sangre en un albañal de pestilencias mefíticas. Otras pican: algunas con aguijón, otras con colmillos ofídicos, todas con veneno que forma pústulas sobre la piel, pústulas que después revientan en llagas de carne putrefacta. Pero eso es nada. Existen las especialistas del sexo, que penetran por el canal seminal y que van corroyendo por dentro, hasta dejar sólo un cascarón vacío, un pellejo arrugado, una obscenidad impotente. Y hay otras peores, las supremamente repugnantes, las especialistas de la lengua, y de los ojos y del cerebro, las que nunca han podido cumplir su innombrable misión porque nunca han podido llegar a la cabeza, porque permitirles hacerlo sería aceptar una muerte insufrible, porque cuando llegan al pecho el helado pavor que te inmoviliza se convierte en un chillido espantoso y a manotazos las aplastas, por encima de tu piel, por debajo de tu ropa, y sin dejar de gritar luchas por tu vida, demoliéndolas, convirtiéndolas en una pulpa asquerosa y maloliente, pero inofensiva, hasta que esta pulpa, como una cataplasma, va infundiendo en todos tus músculos, en tu piel, en tus huesos, en tu cuerpo todo, una insensibilidad bienvenida, una soñolencia malsana pero irresistible, que te hace perder el sentido para despertar después a la cruda realidad de que has sufrido un ataque de delirium tremens.

El solar de los ciruelos

Yo no sé nada de ella, ni siquiera la conozco, aunque tengo la seguridad de que existe.
Yo la he visto (¿En sueños? ¿En un viaje? ¿En mi imaginación?), pasear su dolorosa belleza de ojos deslavados y piel de cera (maculada aquí y allá por algún barrito de mala digestión o por un fuegazo de temperamento nocturno), por barrios oscuros y mugrosos, en reuniones decadentes y en pueblos polvosos y atrasados cuyo común denominador es el sol que se hace trizas contra las piedras ovoides. Yo la he visto fumar marihuana en Tepito, aspirar coca en la Polanco y masticar peyote y hongos en Tepoztlán. La he visto entregarse a la promiscuidad en la comuna y negarse al amor fuera de ella, aduciendo razones progresistas, pero en el fondo espantada y como pudorosa de esa suprema abdicación femenina. Yo la he visto en la postura de loto, intensamente fascinada por una piedra que en el estupor de los alucinógenos es cordillera dentada, animal mitológico o nebulosa estelar. Yo la he visto obedecer como autómata las voces imperativas de su mente hiperestesiada, voces que se levantan exigiéndole perfección absoluta al mágico conjuro del ácido lisérgico. Yo la he visto yacer, astrosa y derrotada, entre sábanas impregnadas de su sudor nocturno, día tras día, sin ánimo de levantarse ni siquiera para comer, con los ojos abstraídos en el techo de solera y su mente divagando en el sueño de la razón que (como se sabe) engendra monstruos. Yo la he visto tratando de unir los fragmentos de su personalidad, como quien trata de pegar con cola loca una destrozada figurita de porcelana.
No puedo dejar de pensar en ella.